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Carta a los que opinan sobre Cómo Criar a tu Bebé

Desde Portabebés AYU, Valeria nos escribe esta carta, “… para Esther y todas las mamás que a veces se sienten abrumadas y quieren que los demás las dejen experimentar su sabiduría interior”. Gracias, Valeria, por tu trabajo y amabilidad.

Imagina que tu bebé nace a la vida y que comienzas a practicar un nuevo baile de dos en el que experimentas muchos sentimientos:


Puede que estés muy emocionada y feliz, aunque algo adolorida y cansada, sensaciones mínimas frente a la felicidad que te embarga. O sientas las “hormonas alborotadas” y llores sin razón. O te abrumen sentimientos encontrados de amor y rechazo hacia el bebé: por un lado deseas abrazarlo y no despegarte de él ni un minuto porque tu instinto y tu bebé te lo piden, o por el contrario, experimentas sensaciones de lejanía, falta de conexión, vaciamiento o separación.
Tal vez disfrutas de la lactancia desde el principio sin molestias como grietas o fisuras y manejas una eventual congestión mamaria cuando a los pocos días baja el alimento con descanso, calor local y amamantando frecuentemente, ofreciendo el pecho serenamente. O por el contrario, no quieres dar pecho del todo, o solo deseas hacerlo por un corto tiempo o encuentras muchos tropiezos que sientes, dificultan la labor que se espera de ti como mamá. Incluso puede pasarte que no entiendes porqué esa personita te está reclamando permanentemente al paso que desconoces tu cuerpo cansado y adolorido, que además saca líquidos de leche, sudor y sangre y tal vez no te sientes dueña de ti.
Son tantas las situaciones que puedes llegar a vivir que te preguntas si al estar inmensamente feliz aunque con dudas, o necesitas pedir ayuda, vas a encontrar apoyo, acompañamiento o reconocimiento de tus sentimientos sean estos negativos o positivos pero legítimos igual. O si por el contrario vas a encontrar una retahíla de opiniones y consejos que tal vez vayan en contravía de tus creencias, convicciones, emociones o del conocimiento que está encerrad esperando salir.
Consideras que tu cuerpo, máquina perfecta diseñada para albergar, cuidar y alimentar a tu bebé mientras crece dentro de ti está también preparado para albergar, cuidar y alimentarlo mientras crece fuera de ti. Y lo sabes! Sin embargo, necesitas tiempo, necesitas conectarte con tu interior, con tu intuición, con esa sabiduría.
Y te pasa que continúas con aquel contacto que iniciaste cuando supiste de la dulce espera y que siguió cuando recibiste en tus brazos a esa personita que viene a complementar y engrandecer tu mundo. Y lo haces con incondicional entrega y a través de cuidados y del pecho generoso que le ofreces. Satisface su fuerte instinto de succión sin cálculos, medidas o cuantificaciones y ves que esa necesidad tan vital requiere de tu permanente disponibilidad, paciencia, tiempo…
Te das cuenta que el calostro, aquel fluido vital que al principio viene en poca cantidad es suficiente para que el pequeño reciba gotas de inmunidad y de alimento y que tu cuerpo contaba con ese alimento pero que si hubiera fluido a chorros desde el principio, un recién nacido tal vez no habría podido controlarlo sin atragantarse porque recién está adaptándose al baile y porque su estómago es pequeño. Observas que poco a poco ese preciado líquido se va convirtiendo a través de la succión y del tiempo en leche madura que le dará no solo nutrición sino el afecto que necesita y que irá creciendo en su caudal si no le pones ningún tipo de interferencia ni relojes marcando los minutos en que supuestamente debe permanecer al pecho tanto de día como de noche, tanto despierto como dormido.
Entiendes que el cansancio posiblemente no se irá pronto porque tal vez seguido al parto se sumarán noches de despertares infantiles que respetan los ciclos y ritmos naturales de alguien que necesita con frecuencia de cercanía, calor y alimento y que son lejanos a los despertares nocturnos de un adulto y que posiblemente a ti te funciona para descansar mejor, pasar ese tiempo y esas noches con tu bebé pegado a tu cuerpo sin que le importe al mundo.
Y continúas cuidando a alguien que te necesita mucho y que nutres con paciencia siguiendo los dictados del instinto, ojalá sin más interferencia que los pensamientos que rondan tu mente y tu corazón, posiblemente acerca de si lo estás haciendo bien o mal. Y sientes que algo estás haciendo bien…
Tus familiares y amigos respetan esa diada y contribuyen a que ese vínculo se manifieste en todas sus vertientes sin interferir cuando lo acunas y meces o cuando le cantas o mantienes ese contacto piel a piel. Tu cuerpo ya estableció la lactancia conforme los pedidos y requerimientos nutricionales de tu bebé y empiezas a sentir confianza porque seguiste los dictados la intuición y pusiste en práctica la sabiduría con la que naciste y que se despierta para que ambos tomen de ella lo necesario para fluir; una sabiduría de dos y solo para dos.
O si pensaste que no pudiste o no quisiste tomar esa sabiduría, la ayuda que recibiste no fue producto de opiniones, críticas ni juicios de valor, sino del acompañamiento y del reconocimiento de lo que sentías en ese momento, sentimientos que estaban en ti.
Todos dan un paso atrás para no entorpecer tu camino de madre. Solo a pedido tuyo te acompañan, hacen mandados o se reparten la elaboración y transporte de alimentos nutritivos, otros ayudan a limpiar y ordenar un poco la casa, otros juegan, acompañan y atienden a otros niños si los tienes y participan sin preguntas diferentes a qué pueden hacer para que te sientas bien.
Nadie interfiere con abusivos comentarios basados en su experiencia previa de crianza o lactancia, o basados en cómo se desempeñaron sus propios cuidadores o cómo debería criarse a un bebé.
Menos te dirán que no lo beses para no pasarle microbios, ni que como “no sale leche” tras el parto y quiere estar “pegado a ti todo el tiempo” no tienes lo suficiente para alimentarlo; menos que debes complementarlo con sustitutos del alimento que bien produces o vigilar su peso porque es probable que “si te pide tanto se debe a que eres mala lechera”, cuando sabes que es precisamente ese contacto el que hace fluir caudales de alimento en tu cuerpo y cuando para ti, entre más le des a tu bebé y sin muchos intervalos programados de tiempo, se alimentará mejor y su peso corresponderá al de un bebé sano. Y que si llora no es porque esté mal alimentado sino que tal vez es su manera de expresarse y porque en ocasiones necesita también contacto, calor, disponibilidad, acercamiento, acompañamiento, sensación de bienestar, mamá…
Nadie te dice que te separes de tu bebé y que lo tienes demasiado tiempo alzado en brazos, cuando sabes que ese contacto nutre tanto como tu leche; así como no señalan que tengas horarios en la alimentación para que se regule y por ende puedas dormir, cuando sabes que medir el tiempo en que un bebé pasa al pecho atenta contra la producción de leche materna y que es óptimo ofrecérsela cada vez que el bebé lo pida y durante el tiempo que lo pida.
Tampoco sugerirán investigar la historia familiar de lactancia porque “eso de ser mala lechera es hereditario”, cuando sientes que cada mamá experimenta una vivencia única. No dicen que debes levantarte, que es el colmo que estés encerrada días y noches dando pecho y atendiendo a tu bebé, que te ocupes de cosas personales y que se va a malcriar por estar todo el tiempo a tu lado, cuando sabes que en estos momentos te necesita más que nunca.
No te dirán “cómo dejas que se quede dormido en el pecho”, cuando para ti es la manera más eficaz y cariñosa de hacerlo porque en ese momento de su ciclo vital parece que le encanta y le sirve dormirse así y lo hace además plácidamente. Menos aconsejan que si se despierta con el menor movimiento tuyo o llora cuando te alejas sea porque es un malcriado, cuando sabes que si lo hace es porque te reclama. Tampoco dicen que tapes tus oídos para que llore hasta el cansancio y se acostumbre a dormir solo sin que tengas que acudir a atenderle o que implementes rutinas en las que progresivamente te vas alejando hasta que complete ciertas horas seguidas de sueño, cuando conoces que los pequeños tienen al dormir ritmos diferentes a los de los adultos y constantemente se despiertan exigiendo la cercanía de un cuidador.
No se les ocurrirá “aconsejarte” a medida que vaya creciendo, que “ya es hora” de acortar las tomas de leche materna o incluso de destetarlo porque “tu leche ya no lo alimenta” y “es pura agua” cuando sabes que a pesar del tiempo sigues pasándole defensas, nutrición, cariño, seguridad, confianza; ni dirán que dejes de correr a su lado cuando llora o pide el pecho solo por consuelo o cuando se lastimó o se entristeció por algo, o solo porque simplemente en ese momento quería “mamá”. Mucho menos dirán que ya está muy grandecito para que lo alces, ni siquiera sentada, así ya no quepa en tus piernas.
Todo te lo dirán tu sabiduría, tu instinto, tu corazón, tu intuición y eventualmente, lo que creas que no sepas te lo pueden decir personas que hayan vivido una feliz experiencia de lactancia, o de crianza independientemente de si han amamantado o no. Y lo pueden decir personas que además saben cómo ayudarte a superar algunos impases como grietas, fisuras, congestión mamaria y demás. Personas que te acompañen sin juzgarte y que no tomen posición sobre tus decisiones de amamantar o como hacerlo o de no dejar llorar, de cargar… personas cuya presencia te beneficie y acompañe.
Imagina que pasó el tiempo y recuerdas cuando tu bebé nació a la vida, cuando comenzaste a practicar aquel nuevo baile de dos en el que experimentaste situaciones diversas. Reconoces que esa manera de nutrir con cercanía, tiempo y acompañamiento a tu bebé es milenaria y que para las primeras personas del mundo y aún hoy en día para muchos, no existía ni existe mejor manera de proteger a los bebés; que la mamá, el papá y el grupo social los podían llevar cargados, con el pecho de su madre a disposición y atendían sus necesidades sin el temor de que se convirtieran en seres manipuladores o tiranos, disponiendo para ellos de tiempo, que hoy en día parece ceder a necesidades personales que bien se podría satisfacer luego o que parece interminable pero que con el correr de los años te diste cuenta que pasó como un pestañeo, tiempo que descubres se convirtió en horas de amor.
Y observas que esa sabiduría es y fue tan grande que te permitiste dar rienda suelta a los dictados del corazón y que sabías lo que era mejor, porque era tu bebé y tú su mamá. Y miras hacia atrás y ves que seguiste y recorriste ese camino que al principio tal vez te pareció fácil o por el contrario tomó esfuerzo o no querías explorar porque tenías dolor, emociones, inseguridad, fatiga, contradicciones y sensaciones que no habías conocido antes, pero sola o a lo mejor con la ayuda de acompañantes respetuosos viste que lo caminaste mejor, con un paso seguro y firme, porque sabías que tenías el conocimiento y lo dejaste fluir… te dejaron hacerlo.
Si tenías pareja, ella participó en la danza, siendo entonces tres. Te acompañó o incluso te reemplazó en algunos cuidados como bañarlo, cambiarlo o cargarlo en sus brazos y posiblemente te cuidó además a ti, protegiéndote, ofreciéndote algo que te gustara o necesitaras, o simplemente preguntándote cómo estabas y qué podía hacer por ti. Y más adelante, sentiste tranquilidad y la confianza de que si empezabas nuevos bailes en los que ya no serían tres, sino o cuatro, cinco o más, los miembros de esa nueva familia estarían rodeados de seguridad, confianza y tranquilidad.
Ahora sabes que ese pequeño caudal inicial de gotas de energía nutritiva que aumentaron su volumen para convertirse en leche madura fue un alimento importante para tu bebé quien tuvo acceso sin límites y que tomó todo lo que necesitó de manera cómoda y confortable. Tu pequeño se alimentó naturalmente de ti, de tus sentimientos, de tus emociones, te tu contacto y apego, en fin, se nutrió de tu vida entera y fue además un bebé sano!
Ahora entiendes que la naturaleza proporcionó las herramientas para protegerlo y que si lo tuviste cerca, muy probablemente se convirtió en una niña o niño seguro, independiente, nutrido y sano que dará paso a una mujer u hombre que mañana se permitirá y podrá permitir esa misma cercanía tan vital, valiosa y necesaria con sus propios hijos, que ojalá, a su vez sigan un camino similar.
Hoy sabes que una madre es sabia así esté comenzando esa danza y que si te pide la acompañes en un tiempo tan importante para ella, lo harás respetuosamente sin opiniones ni consejos y solo con tu disposición de ayuda porque está empezando a recorrer ese camino que con tu propia y única sabiduría, desde luego, diferente a la de ella, tu ya recorriste.
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