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¿Dónde quedaron escondidas las caricias? Por Cira Crespo.

¿Dónde quedaron escondidas las caricias? Por Cira Crespo.

Hoy os traigo una nueva colaboración, desde un proyecto que comienza su andadura, y al que deseamos mucho éxito, porque es una idea que nos resulta muy interesante: Maternalias. Desde allí, Cira Crespo nos invita a conocer la Historia de la Maternidad y la Maternidad en la Historia, así como a conocer las historias del maternaje en nuestra propia familia.

Hoy, Cira nos regala un artículo acerca del contacto en occidente, que parece un tabú en la crianza (no lo cojas que se malacostumbra, no duermas con ellos que luego no lo sacas de la cama, etc.) contra el que nos toca luchar hoy en día. Espero que lo disfrutes.

¿Dónde quedaron escondidas las caricias? Apuntes para una historia del contacto madre-hij@ en occidente. Por Cira Crespo.

Me pongo a pensar estos días en el contacto en nuestra civilización. En el mundo oriental, en general en las civilizaciones no occidentales, se masajea, se toca, se acaricia, se acarrea a los niños sin medida, sin pausa, sin prisas.

¿Qué pasa con nosotros? ¿Por qué se olvidó lo importante que era tocar y acariciar a los bebés? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? No hay muchos datos, o como mínimo yo no los conozco. Con lo poco que sé, intentaré hilvanar algunos textos e imágenes para tejer una pequeña historia que nos ayude a entender donde quedaron escondidas las caricias.

Tengo la impresión que en esta tierra europea en que vivimos, antes de la llegada del  cristianismo, nuestras maneras de criar a los niños no eran tan distantes a las de culturas no occidentales actuales. Platón, en su libro Las Leyes (s.IV aC), nos cuenta como debían educarse a los niños sus 3 primeros años de vida. Su fórmula mágica para criar sin miedos era fácil: mecer, acompañar, consolar y evitar al máximo los sufrimientos.

Una crianza que vaya unida al mayor movimiento posible a lo largo de todo el día y toda la noche resulta ventajosa en todo caso, pero sobre todo lo sería para los más pequeños para vivir, si ello fuera necesario, como quien está siempre en el mar (…) Es preciso obrar de la manera más cercana a ello en relación con los niños que sean criaturas recién nacidas (…) Cuando quieren las madres dormir a los niños que tienen el sueño difícil, no les procuran tranquilidad, sino, al contrario, movimiento, al estar constantemente acunándoles en sus brazos, y tampoco silencio, sino una melopea con que eternamente parece que están encantando a los niños.

Toda alma que conviva con los temores desde edad temprana se acostumbrará en mayor grado a sentir miedo; y esto no habría nadie que no dijera que es un ejercitación en la cobardía más bien que un valor (…) Y, al contrario, diríamos que ya desde niños es una práctica de valor el vencer los temores o miedos que nos salgan al paso.

Si se esforzara uno por todos los medios a prestarle a nuestro niño, durante esos tres años cosas
que le inspiren la menor cantidad posible de dolor, miedo o pena ¿no creemos que entonces se
haría el alma del niño mejor humorada y más bondadosa?

Es fácil de imaginar, después de leer este pasaje, a los niños griegos continuamente encima de sus madres, siempre protegidos y en contacto.

En cambio, si nos vamos hasta la Edad Media Europea y repasamos las miniaturas de los libros, una de las fuentes principales para conocer la vida cotidiana de esos tiempos, vemos que se sucedió un vuelco en el contacto con los pequeños.

La norma dicta que hay que fajar al niño e inmovilizarlo. Se considera que hay que moldear al
cuerpo del pequeño, porque sino puede deformarse. Y ¿qué hay detrás de este dictado estético? Pues una concepción más profunda según la cual el recién nacido es un ser sin pulir que hay que moldear, no sólo estéticamente, sino moralmente. En definitiva, hay que educarlo en la vida en sociedad, sino será un ser asalvajado. Esa manera de percibir el niño sigue vigente, tantos siglos después.

Bebés fajados

Por otro lado, el contacto directo piel con piel es puesto en duda, suscita miedos. El pecado y la
culpabilidad se había empezado a instalar en las mentes, gracias a la labor proselitista de la Iglesia Católica. La caricia es concebida como la puerta del pecado. Así que mejor alejar las tentaciones. Para acabar con el colecho, para acabar con las caricias, desde los púlpitos de las iglesias se blandían palabras como infanticidio o incesto.

Miedo al colecho

En las miniaturas y textos medievales vemos cunas por todas partes. Cunas de noche, cunas de día, cunas transportables, cunas móviles, inmoviles. Pero cabe preguntarse qué hay detrás de estas imágenes ¿realidad o voluntad pedagógica? Probablemente ese era el paisaje querido por la mayoría de moralistas.

Evitar colecho

Pero los datos que conozco apuntan a que el contacto era mucho más habitual que lo que hubieran querido algunos. Los miedos al contacto aún no había traspasado todas las fronteras, ni los muros de todas las casas.

Porque también vemos como los niños dormían con sus padres en el mismo lecho.

El colecho habitual

Porque la costumbre dictaba que los niños lactaran desnudos y eso significa un contacto piel con piel diario y habitual.

Piel con piel

Porque los niños eran bañados mucho más a menudo que ahora, varias veces al día. En ocasiones después de cada toma. Y después del baño se les untaba y se les masajeaba.

Masaje infantil

Se le baña y se le unta para nutrir la carne limpiamente. Es preciso untar con aceite rosado y
frotar por todos sus miembros, y por las espalda de los varones, cuyos miembros deben estar más duros que los de las mujeres”. Bartolomé Anglico, (1200-1250).

Como vemos estos datos muestran manos y cuerpos en contacto casi permanente, cotidiano, entre el bebé y sus cuidadores.

Es decir, los curas desde sus púlpitos clamaban contra el colecho y el contacto, proponían rígidas
maneras de criar. Por otro lado, en la realidad cotidiana, las familias intentaban sobrellevar la ardua tarea de criar y conseguir que sobreviviera una criatura, a base de sentido común y con la seguridad que da la costumbre. Esa misma que dictaba que era importante dejar espacio para tocar, acariciar y sentir al recién nacido.

Los moralistas y el miedo al contacto ganó terreno con el paso de los siglos. Las caricias, finalmente, quedaron escondidas entre las paredes de algunas casas. Ya nadie recuerda que significaba, “frotar todos los miembros” y no quedó nada de “aceite rosado” en nuestras despensas para “nutrir la carne limpiamente”.

La mayoría de datos referidos a la Edad Media han sido extraídos del libro La infancia a la sombra de las catedrales, de Daniele Alexandre Bidon y Monique Closson. Las imágnes, por su parte, del portal web http://classes.bnf.fr/ema/ages/

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Comentarios

  1. […] unos días publicaba un artículo de Cira Crespo, de Maternalias, muy interesante, acerca de la evolución que ha tenido en occidente el contacto […]

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