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El porteo es para siempre

El porteo es para siempre

A veces, quienes disfrutamos y vivimos de manera intensa el porteo, empezamos a sentir cierta tristeza y melancolía cuando percibimos que llega a su “fin”.

Porque sabemos que significa una cosa: nuestro peque ya no es tan peque.

Y se nos acaba esa etapa tan compleja como maravillosa en la que éramos uno, envueltos en un trapo.

Y es entonces, cuando en un intento un poco desesperado de hacer menos dolorosa esa transición a mamá-de-un-niño-grande muchas de nosotras empezamos a vender, regalar, deshacernos de nuestros portabebés, si acaso conservando uno o dos, “de los especiales”.

Con la esperanza de usarlos tal vez con un próximo hijo.

O de que sean el futuro refugio de los hipotéticos nietos.

Pero la espinita queda ahí. Doliendo en algún punto ciego. Que aunque estamos aliviadas por volver a retomar nuestras vidas como mujeres dejando un poco atrás el caos de la maternidad 24/7, esa sensación de ser el refugio físico de alguien, es incomparable a cualquier otra.

 

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Pero a todas esas madres, les podría asegurar que la historia no termina la última vez que nuestro hijo/a quiera subir al portabebés.

Una vez escuché algo que se me quedó grabado para siempre. Y fue determinante en mi decisión de intentar criar de una manera distinta: con contacto y cercanía corporal como reflejo de cercanía emocional.

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Recuerdo que yo estaba en un seminario sobre lactancia materna. Me habían invitado a hablar sobre porteo, y aunque no era una gran experta en el tema, sentía con mucho orgullo que tenía algo que ofrecer. Y estaba feliz que me tomaran en cuenta.

Y es que era la típica primeriza entusiasta pero candorosamente insegura de todo, hasta de mi sombra.

Recuerdo que una de las ponentes era una mujer muy conocida en el campo de la maternidad. Yo sólo pensaba “wow, hablaré sobre porteo, al lado de esta mujer conocida y respetada. Espero hacerlo bien para que quede impresionada”.

Una vez que culmino mi charla, me acerco muy entusiasmada a la butaca vacía que estaba al lado de la mujer. Y empiezo a remarcar las bondades del porteo con la esperanza de que ta vez me invitara a su centro de maternidad, a dar más charlas. Ella me sonríe y me dice: yo también porteo.

Un poco confundida, ya que según lo que yo sabía, sus hijos ya eran adolescentes casi adultos, le pregunto por su tercer (y por supuesto inexistente) bebé. Ella se ríe y me dice que no tiene bebés. Que ella portea a sus hijos grandes. Sobre todo a su hija de 18 años, que últimamente la estaba pasando un poco mal. Más o menos estas fueron sus palabras:

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Los porteo cuando los abrazo largo rato después de un día difícil. O cuando nos quedamos viendo la tele hasta tarde. Los porteo cuando les animo a ser vulnerables y me dejan ayudarles con algún problema que tengan. Porque portear significa contener, llevar. Y yo creo que eso no se acaba nunca. En nuestra labor de madres ese rol  de gestar externamente siempre estará presente hasta nos morimos.

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Y en efecto, entendiendo ese aspecto espiritual y emocional de lo que el porteo significa, pues creo que tiene razón. Por eso nos duele tanto cuando por alguna razón vivimos algún tipo de ruptura con nuestra madre o la persona que cumplió ese rol en nuestra vida.

Y a veces vamos por la vida buscando a trompicones ese refugio primario, esa contención para nuestros demonios y nuestro miedo a caer.

Porque aunque seamos adultas y nos consideramos unas “mujeronas independientes” con hijos a quienes nutrir, seamos honestas, también tenemos la necesidad de ser nutridas de alguna manera.

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Me gusta pensar que en un mundo ideal, las abuelas, madres e hijas seríamos como matrioskas. Pero sé que no siempre puede ser. Aunque tengo la esperanza de que podemos reparar esa cadena de amor y conexión.

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Y volviendo al punto principal de este post, a los 2, 3 o 5 años tal vez se acabe nuestro porteo”físico”.

Pero creo que más bien es el momento en el que florece lo gestado en esos años de contacto físico intenso: la relación con tu hijo.

Tú decides cómo será. Estoy segura que será maravillosa.

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