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Los peligros del tiempo de calidad.

Los peligros del tiempo de calidad.

En estos tiempos en que “tenemos” que pasar muchas horas trabajando y pocas con nuestros hijos, se habla mucho de “tiempo de calidad”. Y es una manera de decir que, aunque solo pases dos horas a la semana con tu hijo, no importa siempre que esas horas sean de “calidad”.

Hoy no quiero hablar de cómo hemos llegado a creernos eso (si quieres leer al respecto, te recomiendo un paseo por el blog de Ileana, Tenemos Tetas). Hoy quiero hablar del peligro de ese tiempo de supuesta calidad.

Especialmente los bebés, y más cuanto más pequeños, lo que necesitan es contacto. Cuerpo a cuerpo, piel con piel. No solo porque a nivel físico le ayude a desarrollarse mejor, sino porque con esa cercanía física es como aprendemos  a conocer a nuestro bebé y a interpretar sus señales y, por tanto, a reaccionar adecuadamente a sus demandas.

Los bebés emiten señales desde el mismo instante en que nacen: todo su cuerpo, sus expresiones, sus posturas nos intentan trasmitir información: tengo hambre, estoy a gusto, me siento raro…

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Lo que pasa es que son señales muy sutiles (y que nadie nos ha dicho que son elementos comunicativos): un guiño, un cambio en la postura, la abertura de una mano…

Cada una de esas señales están orientadas a comunicar algo, y si nosotros reaccionamos adecuadamente, se establece una relación de confianza con el bebé, que se siente seguro con nosotros ya que sabe que todas sus necesidades, sean del tipo que sean, se verán satisfechas con prontitud. Esto tiene muchas ventajas para el desarrollo del bebé y para nuestra relación con él.

Así, pues, cuanto más tiempo pasemos con el bebé, por simple cercanía, antes aprenderemos el abanico de expresiones propio de nuestro hijo y antes aprenderemos a reaccionar adecuadamente satisfaciendo sus necesidades. Esta es la principal ventaja de pasar cantidad de tiempo con nuestros hijos, que les conocemos antes, mejor, y podemos modular nuestra paternidad según las necesidades reales y únicas de cada uno de ellos.

Cuando crecen, si bien la comunicación es ya oral, sigue siendo importante pasar tiempo con ellos, porque así les acompañamos, les conocemos, les apoyamos y podemos seguir modulando nuestra manera de criar según sus necesidades.

Cuando sustituimos cantidad de tiempo por “tiempo de calidad” estamos perdiendo muchas ocasiones de conocer a nuestro bebé. Así que, por mucho que esas dos horas sean de dedicación exclusiva al peque, en esas dos horas no vamos a tener el mismo abanico de situaciones que re-conocer que si estuviéramos 24, es de cajón, ¿no?

Hay muchos momentos de estar con nuestro bebé, nuestro hijo, que no debemos desperdiciar por la idea (falsa me atrevo a afirmar) de que como pasamos tiempo de calidad con él no es necesario pasar cantidad de tiempo. El colecho por ejemplo es una opción para aumentar la cantidad de tiempo que pasamos con nuestros cachorros. Pero simplemente compartir espacio es suficiente en muchas ocasiones.

Contacto es lo que los bebés necesitan

Pero la cosa va más allá. Y es que muchos padres, obsesionados con ese tiempo de calidad, intentan llenarlo de contenidos, actividades con el bebé-niño, normalmente dirigidas, muchas veces por terceros que ni conocen a la m(p)adre ni al bebé: cantajuegos, matronatación, inglés…

En estos tiempos en los que la productividad es la unidad de medida, ¿cómo vamos a dejar de ofrecer a nuestros bebés ocasiones de mejorar su potencial?¿de llegar a ser individuos más formados, más capaces, con un futuro “mejor”?

También tenemos el peligro de querer hacer en ese tiempo que pasamos con el bebé “lo que el bebé quiera”. Y perdemos ese tiempo valioso en intentar averiguar lo que le gusta hacer al bebé, o al niño, buscando que sea él el motor que mueva, que llene de contenido, ese “tiempo de calidad”.

Los bebés lo que quieren es un adulto que llene su tiempo, que les ofrezca oportunidades de aprendizaje, de juego, de momentos de amor. De exclusividad. Que les mire como los seres únicos y maravillosos que son, para poder reflejarse así en esa mirada.

Si cuando el bebé mira al adulto de referencia lo que se encuentra es alguien que le mira buscando que sea él el que ofrezca información, el bebé, el niño, se encuentra desubicado, esa no es su función en la diada adulto-bebé, la suya es la de recibir.

Si cuando el bebé mira al adulto de referencia lo que se encuentra es alguien buscando esa información en terceros (el monitor de la actividad), el bebé, el niño, no tiene esa mirada en la que reflejarse, en la que encontrarse.

Si está encorsetado en lo que los cuidadores esperan (abuelos, escuela infantil…), en lo que los monitores esperan (actividades varias), ¿Cuándo va a tener el bebé la ocasión de desplegarse tal y como es él mismo? ¿quién le va a dar esa opción?

Si tienes poco tiempo que pasar con tu bebé, con tu niño, dedícalo a disfrutar de él. No te olvides de ti misma-o, es a ti a quien el bebé quiere. Sigue tu instinto. Dale mimos, haced cosas “normales” juntos (cocinar, pasear, comprar, vivir…). Acompaña sus descubrimientos, sus proyectos, sin dirigirlos, disfruta-le simplemente, tenga la edad que tenga. Y no tengas miedo de “perder” ese tiempo simplemente tumbados juntos abrazados: si tu bebé, si tu niño, ha pasado muchas horas lejos de ti, ese puede ser el mejor tiempo de calidad que le puedas ofrecer.

Porque la calidad para tu hijo, su baremo de lo excelente, eres tú.

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¡Ojo! No estoy diciendo que no hagamos actividades organizadas con nuestros hijos, puede ser una fuente de experiencias muy interesante, lo que digo es que el “tiempo de calidad” no es eso, al menos, no es solo eso.

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